Tubo de Ensayo

22/enero/2015

René Delios

 

reneLa verdad no se debe dejar en el olvido a Ayotzinapa; no se trata de que aparezcan los cuerpos porque no va a suceder, porque el gobierno es prepotente no omnipotente: se trata de no volver a caer en el stand by posterior a los setentas, una décadas de persecuciones iniciada con Corpus Cristi en 1972, con la aparición de Los Halcones, ese grupo de asesinos del gobierno de entonces.

Luego la federal de seguridad y ya la sabe, el Cisen y todos esos organismos que trataron de callar y desaparecer todo pensamiento o evolución en esa década y el siguiente lustro, hasta que veinte años después de Tlatelolco, en un zarpazo desesperado, Manuel Bartlet Díaz cambió la historia del país cuando en 1988 se le cayó el sistema, e hizo ganar al de Agualeguas, Nuevo León, a quien le tocó la mayor descomposición priista: le asesinaron a su sucesor.

Decía Paz (El rompimiento del Arca de la Alianza; La Jornada: 1988) que el PRI se sentía la Revolución hecha gobierno, pero a la vez, era una institución por la que se ejercía el mayor poder de que gozaba el presidente en nuestro país: elegir a su sucesor por sobre todos los mexicanos y mexicanas; por sobre la democracia pregonada.

Por eso se le llamaba PRI-Gobierno, y luego vino la definición más precisa jamás  rebatida por el stabliment tricolor, acuñada por Vargas Llosa: “México vive una dictadura perfecta”, frase que se extendió por el mundo diplomático durante la administración salinista, desprestigiando para siempre a Carlos Salinas de Gortari ante la opinión pública, aunque  tuvo el tiempo de hacer lo necesario para impulsar a un grupo que desde entonces le da muchas satisfacciones: Atlacomulco.

Con Zedillo sucedió lo de Acteal en el municipio de Chenalhó.

No ha quedado muy clara la culpabilidad; ¿ejército, caciques indígenas, sicarios, judiciales estatales o federales, meros civiles con diferencias con el banco de arena en el lugar? Ya se ha escrito mucho sobre eso, y desde luego el impacto que tuvo en México, cosa que sorteó la administración zedillista renunciando al gobernador interino, Julio César Ruiz Ferro y a el secretario de gobernación, el actual secretario de educación, Emilio Chuayffet, del grupo Atlacomulco.

La era panista en México no arrojó luces democráticas ni de igualdad: México no creció en ningún aspecto que no sea la violencia que vivimos, generada por Calderón, que obligó que la violencia delictiva –que sed daba solo entre cárteles- llegara al medio urbano, lo que dio origen a los famosos Zetas, grupo al que imitaron otros de manera más sanguinaria, afectando a los civiles que en mala hora, se cruzaban en su camino, hasta que llegaron a lo obvio: atentar en contra de la sociedad misma, con secuestros, levantones, desapariciones.

Eso se hizo cosa común en muchas entidades, como Tabasco, Michoacán, Tamaulipas, Veracruz, Jalisco y desde luego Guerrero, cuyo exponente actual es el caso Ayotzinapa y 42 desaparecidos a sabiendas de que fue ubicado uno de esos normalistas infortunados.

Si uno está oficialmente muerto ¿qué garantiza que los otros 42 no lo estén? Esto en la inteligencia de las tantas reseñas del cómo actúan esos grupos delictivos con sus víctimas, contra quienes les estorban.

Y desde luego, todo lo que sucede en éste país, es consecuencia de los malos gobiernos, de su corrupción evidente, que ha contaminado el ejercicio público, la seguridad y hasta el desarrollo: si hubiera buen gobierno se reflejaría en la calidad de vida, ni dudarlo.

Eso debe cambiar, y Ayotzinapa es una buena escalera para ascender a ese estado, concientizando, motivando, escalonadamente, insisto, pero sin dañar a la sociedad misma ya bastante lacerada por la situación.

Por eso son muchos los ideólogos y líderes de opinión que cuestionan los métodos de vandalismo y paros fuera de contexto. No se trata de dañar a terceros, eso ya lo ha hecho mucho el gobierno, el crimen organizado, los evasores de impuestos. No es bueno que cada cual manifieste su lucha o solidaridad buscando intereses colaterales que no comparte la mayoría de los mexicanos, porque ese es otro de los problemas, que por nuestros derechos pisoteamos el de otros, bloqueando carreteras, secuestrando trabajadores en edificios públicos y en el exceso medieval, cerrando entradas y salidas de una ciudad.

La verdad eso no contribuye en nada a la justicia; la descompone.